Prefacio

Durante los meses recientes la gente me ha estado preguntando, "¿De qué trata su nuevo libro?". Cuando respondo, "De la naturaleza humana" o "el yo", simplemente me miran perplejos, sin saber cómo continuar el diálogo. Trataré de explicar.

Hace no mucho tiempo, descubrí un diario que mantenía cuando tenía veinte años. Terminaba con estas palabras:

Me alegro de haber llevado este Diario, por incompleto que esté. Algún día miraré retrospectivamente y cuando lo haga, quizás el Yo-de-entonces se preguntará como era el Yo-de-ahora, tal cual el Yo-de-ahora se pregunta por el Yo-de-entonces . . .

El Yo que a los veintitrés años se preguntaba por sí mismo queda asombrado al encontrarse a los cincuenta y seis años escribiendo El Yo en el cual aún se pregunta por sí mismo. Este libro esencialmente psicológico nunca podría haber entrado ni remotamente en los pensamientos del joven estudiante, apasionadamente literario, que escribió aquellas líneas. Qué diferentes son esos dos Yo de veintitres y cincuenta y seis, y sin embargo, en forma muy parecida éramos y somos nosotros mismos. Hace tres décadas este Yo estaba confundido, razonando, usando abstracciones tales como "el sí mismo", convirtiendo incluso "el Yo" en una abstracción, buscando la forma de expresión adecuada, sin encontrarla, y no usando imágenes, sumido en la incertidumbre, como escribe el poeta Gerard Manley Hopkins, acerca de

mi ser mismo, mi conciencia y la percepción de mí mismo, aquel sabor de mi mismo, del yo y del a solas y en todas las cosas, que es más característico que el sabor de la cerveza o el alumbre, más característico que el olor de la hoja del nogal o del alcanfor, lo que es incomunicable en forma alguna a otro hombre (¿como cuando niño solía preguntarme: cómo será ser otro?).

No es de extrañarse que aún me lo pregunte. Se dice que nada le interesa a uno más que uno mismo. Después de todo es lo único que tenemos al final de todo, aunque nada resulta más difícil que hablar sobre ecualo conocerlo en forma sistemática. Pienso que es imposible hacer cualquier aseveración ya sea en las ciencias o en las humanidades sin partir de algunos supuestos acerca del yo, si bien sólo el Yo puede hacer tal aseveración. Sin embargo, raramente expresamos estos supuestos. El Yo habla, pero permanece inexpresado, inarticulado, inexplorado.

Me honra descubrir que mis preocupaciones son las mismas de Freud. En 1924, cuando él tenía sesenta y ocho años le escribía a su amigo y discípulo Karl Abraham: "Es exigir demandas excesivas de la unidad de la personalidad el pensar que me sentiría idéntico al autor de la obra [que escribí en 1878] acerca de los ganglios espinales del Petromyzon. Y, sin embargo, a pesar de eso, debería ser así. . . ." El vio la misma unidad que me deja perplejo a los veintitres años como a los cincuenta y seis.

El 15 de enero, en el último año de su vida, Tolstoy escribió:

Tengo conciencia de mí mismo exactamente en la misma forma hoy, a los ochenta y un años como tenía conciencia de mí mismo, mi "Yo," a los cinco o seis años de edad. La conciencia es inalterable. Sólo debido a esto existe el movimiento que llamamos "tiempo". Si el tiempo avanza, entonces debe existir algo que permanece inmóvil. La conciencia de mi "Yo" permanece inmóvil.

Conozco aquel sentimiento. La forma en que tengo conocimiento del Yo permanece inalterable a pesar de las formas en que he cambiado en edad y estado. Aquella conciencia incluye el conocimiento de una historia personal que traza conecciones ininterrumpidas desde aquel estudiante soltero con pretensiones de poeta hasta el marido, profesor, crítico y teórico de hoy.

John Updike, al comentar ese pasaje de Diarios de Tolstoy, habla con elocuencia de la vejez como "un cambio físico que en forma desconcertante circunda un yo inmutable", "la etapa final de nuestra individualidad inalterable". Pero ¿es nuestra individualidad tan inmutable y granítica?

Conozco mi propio Yo, como jamás podré conocer el suyo, sin embargo como una estrella a lo lejos, como una imagen que se ha quedado atrás, si dirijo mi vista hacia él, desaparece. Es intenso mientras no me detenga a nombrarlo; una vez que lo hago se convierte no exactamente en el mismo yo anterior no mediado, ligeramente ajeno, otro, el tema de mi intelección e inferencia-como su Yo.

A pesar de lo irreal y escurridizo que es este "Yo", es con total intensidad, mi yo, mi reducto más íntimo, mas no un encierro solitario, ni siquiera una prisión. El "Yo", aunque más privado que la privacidad misma, se expone a toda sensación, a toda experiencia, a todas las cosas desde el beso de un amante hasta el puntito titilante de la estrella más lejana. Todos son inmediatamente Yo. En el momento mismo en que adquiren existencia como otro, se convierten en no-otro.

Se dice que es inmóvil, inalterable. Yo diría que es completamente paradójico, granítíco y escurridizo a la vez, y es el propósito de este libro explorar cómo puede ser eso y cóvaciodemos pensar acerca de la paradoja.

Sin embargo, somos reticentes a pensar acerca de ese Yo, "el Yo sin el sí mismo del Yo, tan extraño, tan inmóvil" (Hopkins nuevamente). Para evitar el "psicologismo", el reconocimiento de que aquel Yo cambiante y no cambiante está al centro de todo lo que hacemos y pensamos, los filósofos recurren a evasivas vacilantes, fenomenológicas y deconstructivistas. El psicólogo nos dice que sólo podemos hablar del "Yo" si lo convertimos en cosas que podemos contar. El psicólogo sostiene que al exigir esto se comporta de una manera científica, y por cierto-se dice-la ciencia ha labrado sus prodigios mediante la marginación del Yo.

Si el Yo integra, si mi ojo no ve lo que el suyo ve cuando miramos por el telescopio, entonces o estoy equivocado o no estamos haciendo ciencia o ¿es que estamos simplemente-e inevitablemente-siendo Yoes?

Existe, por supuesto una ciencia que pretende tratar sobre el Yo, aunque a menudo los otros científicos la miran con recelo: el psicoanálisis. Es la única ciencia de la subjetividad, si tal cosa puede existir. La considero un intérprete notablemente poderoso del Yo.

Un europeo culto olvida una palabra de una línea de Virgilio: ¿Por qué la olvidó? ¿Y por qué esta palabra? Un hombre se encuentra, inexplicablemente pensando en cierto número de seis digitos. ¿Por qué este número? Un chico que nació con los dedos de la mano unidos y los dedos de los pies sin separar se sorprende a sí mismo al garabatear la deformidad de su mano izquierda. Un médico recluso y encerrado en sí mismo después de tres años de "reforma del pensamiento" chino, se convierte en una persona compulsivamente generosa. Luego al ser liberado vuelve a su estilo anterior. ¿Qué había ocurrido?. Un hombre sueña cierto sueño que le habilita para dormir mientras tocan las campanas de la iglesia que despiertan a su esposa. ¿Cómo funcionó el sueño para filtrar el ruido? Cualquier persona puede formular estas preguntas, pero, por lo que yo sé, sólo el psicoanálisis, aquella disciplina altamente "subjetiva," ofrece respuestas.

El propósito de este libro es comprender las respuestas psicoanalíticas a preguntas como ésas, de modo que conformen una teoría del Yo. Alguien ha dicho que si una idea sirve de algo, debería poder escribirse en el dorso de una tarjeta de visita, como la e=mc2 de Einstein o la f=ma de Newton. Si yo tratara de lograr tal dramática concisión con este libro extenso y grande, recurriría a la fórmula Yo A R C o tal vez Yo ARC DEFT.

Muy brevemente, actúo en el mundo desde mi mismo como agente (A) y el mundo a su vez actúa sobre mí, de manera que soy una consecuencia (C) de lo que el mundo hace tanto por sí mismo como en respuesta a mi acción. Mi Yo inicia la retroalimentación, pero es también la consecuencia de las retroalimentaciones que inicia. Se puede expresar esas retroalimentaciones como: expectativas (E), lo que estoy habituado a buscar en la corriente del tiempo de mi experiencia; defensa (D), lo que admitiré del mundo dentro de mí; fantasía (F), lo que proyecto al mundo; transformación (T), los significados fuera del tiempo que convierto en mi experiencia.

El Yo es agencia y consecuencia, y algo más. Es una representación (R) de un Yo, ya sea del Yo propio o el de otro. En particular, es el intento de un Yo de poner un Yo en palabras, y propongo una forma especial de palabras.

Podemos reconciliar los Yoes graníticos con los escurridizos representándolos como un tema y sus variaciones (adaptando una idea del psicoanalista Heinz Lichtenstein). Esto es, "Yo" me siento en parte como algo que cambia de un instante a otro y de un año a otro, el Yo de ahora de mi diario, y en parte como algo menos cambiante, "inmóvil" en el sentido de Tolstoy. Más aún, si el "Yo" es un todo, cada uno de estos aspectos afecta, o realmente, define al otro. Vemos diferencias contra un trasfondo de igualdad, y vemos igualdad al ver lo que no cambia en un mundo de diferencias. La idea de un tema y variaciones provee una forma de estructurar tal conjunción de cambios y constantes, movimiento y quietud, igualdad y diferencia, el Yo-de-ahora y el Yo-de-entonces y el Yo que escribe sobre ambos.

Es esta teoría de la identidad la que desarrolla la primera parte de este libro: podemos considerar un Yo como consideraríamos una obra de arte. A partir de esta primera parte, el resto del libro queda estructurado en forma más o menos natural en tres partes más: la psicología, la historia y la ciencia del Yo.

La primera parte plantea que podemos pensar sistemática, o por lo menos estéticamente, sobre un Yo. Podemos trazar la persistencia de, digamos, Norman N. Holland en la forma en que utilizo las palabras o evalúo las situaciones-en general, a través de mi uso de los símbolos, de los sentidos o las habilidades. Podemos utilizar el concepto de temas-y-variaciones de un Yo para comprender cómo los procesos que estudian los psicólogos-la simbolización, la percepción, el conocimiento o la memoria son todas formas en que un Yo "ARCa", sosteniendo y recreando un Yo. Podemos usar un concepto de tema-y-variaciones de identidad para desarrollar una psicología del Yo. Y esto corresponde a la parte II de este libro.

El Yo sería prácticamente inefable, si no fuera porque se lo puede vertir a palabras como si fuera la historia de un tema y sus variaciones. Ya la palabra "historia" mantiene una necesaria ambigüedad. La historia, en un sentido, es el modo en que las cosas verdaderamente ocurrieron. La historia es también la historia de alguien-de algún yo-de la forma en que las cosas realmente ocurrieron. Necesitamos las dos, ya que sólo un Yo puede mirar a un Yo y tratar de decir cómo fueron las cosas.

Hay otro sentido en que esta teoría lleva a una historia del Yo. Es posible, si se piensa que un Yo continuamente se enfrenta a situaciones nuevas, imaginar los modelos recurrentes en el desarrollo humano. Ya que el bebé progresa desde una total dependencia a los primeros movimientos de autocontrol, de dominio y de dirección sí mismo, hasta ponerse de pie, caminar y hablar y sentir amor y también rencor por sus padres, y así a lo largo de la vida, podemos imaginar a un Yo que enfrenta una serie de dilemas. Algunos son iguales para todos los seres humanos (¿Cómo aceptarás la muerte?). Algunos son iguales para muchos seres humanos (¿Cómo puedes depender de otros en una cultura que valora la falta de dependencia?). Algunos serán únicos para tal o cual individuo (¿Cómo poner en escena óperas en Estados Unidos?). La historia de cómo este individuo o algunos individuos o todos los individuos enfrentan estos problemas y cómo responden a ellos conforma la historia del Yo (como se desarrolla en la parte III), y esa historia llega a ser en cada uno de nosotros una especie de paralógica a través de la cual unimos nuestras experiencias, una lógica que va más allá de la lógica común, en la cual los ojos parecen bocas, y el dinero parece excremento.

Finalmente la parte IV se refiere al problema de si puede haber una ciencia del individuo, ya que tal ciencia nunca podría existir independiente del científico-el científico es lo que se está estudiando. ¿Puede existir una ciencia en la cual la "subjetividad" del científico no sea solamente no una leve contaminación sino la esencia misma de la actividad?

La ambigüedad en "historia" signe siendo esencial. Yo no puedo someterme a la presión común de elegir entre lo que corrientemente se denomina "objetividad" y "subjetividad". Mi meta es precisamente explorar la manera en que cada una es la esencia de la otra. La objetividad y la subjetividad se crean la una a la otra, como la inmovilidad crea el movimiento y el movimiento crea la inmovilidad. Explorar una es explorar las dos. En verdad, creo que estan tan entrelazadas que no tiene sentido usar cualquiera de estas palabras por sí sola.

¿Puede tal estudio ser una ciencia? Puede que yo no ofrezca sino un método para pensar sistemáticamente sobre el Yo, enunciando el Yo como un tema para comprender los pensamientos y acciones como variaciones de ese tema, pensando en ese tema y sus variaciones como una retroalimentación ARC de acción, consecuencia y representación.

Ciertamente existen otros modos de poner los Yoes en palabras-los del poeta, del filósofo, del novelista-y obviamente este modo tiene límites. La única manera que conozco de encontrar estos límites, o de encontrar el punto en que algún otro modo de pensar sobre el Yo venga a ser más útil, es probar ésta. Quiero introducir la idea de un Yo como un tema y variaciones que gobierna una jerarquía de retroalimentaciones tan profundamente en el problema como sea posible, para ver si nos capacita para relacionar aspectos del yo que de otro modo no podríamos relacionar (como subjetividad y objetividad). Hacer esto es precisamente alimentarle la idea al mundo y ver como "re-ARCa".

Ya que lo que más se aproxima a una ciencia del Yo es el psicoanálisis, podría considerarse este libro como una reformulación o relectura del psicoanálisis como una teoría del Yo. Pienso que se puede utilizar como una introducción al psicoanálisis en los ochenta, si se está dispuesto a aceptar la sistematización que un individuo hace del psicoanálisis. Y esto me trae al primero y más grande de mis

Reconocimientos

-a Freud. El Yo de Freud era increíblemente dotado, severo, majestuoso e incluso a veces un Yo travieso. Considero imposible explorar sus procesos de pensamiento o la elegancia de su estilo en alemán sin adquirir un temor reverente por su genialidad.

Sin embargo, yo no soy "freudiano". Me parece que usar el nombre del descubridor en esa forma empobrece al psicoanálisis convirtiéndolo en menos que una ciencia y más en las "enseñanzas" de Freud, como si hubiera creado un dogma, un sistema de interpretación, o, como han sugerido algunos escritores franceses, una obra de ficción. El término "freudiano" confina y reduce el logro mayor de Freud a una secuencia de pequeños logros. Es de su gran logro del que me preocupo aquí, la puesta en marcha de una disciplina completamente nueva: el estudio sistemático de la subjetividad, la ciencia del Yo.

Se llega a un punto en cada nueva ciencia en que se divide entre su punto máximo actual y un pasado de ideas anteriores, algunas retenidas en el presente de esa ciencia, algunas retenidas pero alteradas para adaptarse a nuevos contextos, y otras descartadas. Hace ya tiempo que el psicoanálisis ha madurado más allá de esa transición. Se puede enseñar una historia del psicoanálisis, como las de la física o la biología y serviría como cualquier historia. Sin embargo, para aprender psicoanálisis o una teoría del Yo como lo es actualmente, se deben juzgar los conceptos como son, no como fueron una vez-incluso para Freud. El limitar el psicoanálisis a lo que escribió Freud (que es lo que se hace con demasiada frecuencia) restringe el gran logro de Freud.

Uno de los grandes placeres de escribir este libro ha sido trabajar con un amigo y ex-colega, Murray Schwartz. Mientras enseñábamos alternativamente uno en el seminario del otro por un período de diez años, juntos llegamos a muchas de las ideas expresadas a continuación, en particular la gran clarificación de la teoría de la identidad, que fue posible gracias al concepto de identidad de tema y variaciones de Heinz Lichtenstein. Empezamos este libro como un proyecto conjunto en el verano de 1975, y mi único pesar es que no lo completamos en esa forma. En todo caso, para los capítulos sobre el simbolismo y el primer año de vida, recurrí al diseño y las notas de Murray, y durante el período de redacción, sus comentarios, correcciones y sugerencias han enriquecido El Yo en gran parte. Ha sido una fuente constante de tranquilidad para este Yo aprovechar su conocimiento enciclopédico de la literatura psicoanalítica y su sensibilidad extraordinaria para captar las grandes significaciones de los detalles más mínimos.

Les agradezco a mis colegas del Centro para el Estudio Psicológico de las Artes y al Grupo para el Psicoanálisis Aplicado de Búffalo, que han leído y escuchado diligentemente secciones de este libro, ofreciendo sus muy bienvenidas, inteligentes y provechosas observaciones. Agradezco también a Charles Bernheimer, Paul Diesing, George Hole, Claire Kahane, Paul Kugler, Theodore Mills, Robert Rogers, William Warner, David Willbern, y especialmente Joseph Masling, cuyo tacto tantas veces ha tranquilizado mis fulminaciones ante las pretensiones científicas de la psicología. Las ideas de Heinz Lichtenstein simplemente impregnan El Yo. En muchos aspectos este libro no hace más que resumir mis quince años de animadas conversaciones con este grupo talentoso e inspirador.

Recuerdo con agradecimiento y aflicción (porque varios han muerto) a los brillantes y amables psicoanalistas que por primera vez me introdujeron al psicoanálisis y me admitieron en el estudio psicoanalítico: Joseph Michaels, Ives Hendrick, Robert Waelder y mi propio analista, Elizabeth Zetzel. Siento un gratitud muy especial por mi tío político, Henry Katz, quien hizo posible mi psicoanálisis. De entre la generación actual de analistas me siento especialmente agradecido de Otto Kernberg y de Roy Schafer quienes substrayeron tiempo de su propio trabajo para leer y comentar secciones de este manuscrito. Igualmente agradezco a Robert Silhol y a Ellie Ragland-Sullivan, quienes me ayudaron mucho en mis pensamientos sobre Lacan y a Richard Held, Ulric Neisser, y a Keith White, quienes me ayudaron a evitar errores en parte del material acerca de la percepción. Bernard París generosamente me proporcionó un comentario detallado y sutil. Obviamente el libro final es mi propia responsabilidad pero El Yo habría sido mucho más cuestionable de lo que es sin la experta ayuda de estas amables personas.

A través de los años muchos ayudantes de investigación han buscado las referencias que aparecen al final del libro: Mary Childers, Ellen Golub, Patrick Hogan, Laura Keyes, Kathleen McHugh, Judith Moses. Todos ayudaron. A todos les debo mucho, como le debo a Patricia Berens de Sterling Lord Agency y a Gladys Topkis y a Lawrence Kenney de la Yale University Press. Geri de Santis, como es habitual en ella, manejó excelentemente el HAL y el "Lápiz Eléctrico", y John Bevis y Michael Pepper ayudaron a traslodar el manuscrito desde mi propio HAL a un computador central en la lejana New Haven. Espero que todos sientan que la versión final de El Yo justifica sus esfuerzos.

Tres fundaciones, The American Council of Learned Societies, la John Simon Guggenheim Foundation y la Research Foundation of the State of New York, me procuraron apoyo crucial que hizo posible y añn grato escribir este libro. También me he beneficiado de las conferencias sobre el testimonio individual organizados por Paul Fussell, Peter Read y el Consejo para la Investigación de las Ciencias Sociales. Estoy en deuda con W. H. Freeman por el permiso para reimprimir en la página 234 un diagrama de Development in Infancy de T. G. R. Bower y con David Higham Associates por el permiso para reimprimir extractos el poema "Identidad" de Elizabeth Jenning en las páginas 98.

Este libro ha tenido una larga gestación, durante la cual he tenido la oportunidad de someter a prueba algunas de las ideas en artículos. Estos últimos y también extractos de dos libros anteriores (Laughing y 5 Readers Reading) los he adaptado en la argumentación de El Yo. Les agradezco a los editores de los períodicos y a las editoriales involucradas, Criticism, Critical Inquiry, la International Journal of Psychoanalysis, y en la International Review of Psycho-Analysis, Cornell University Press y Yale University Press. Estoy agradecido tanto por la publicación original como por el permiso para adaptar.

Quiero expresar mi agradecimiento a los traductores que han elaborado el texto en español: María Teresa Maillet, Irene Rostagno y Bárbara Trosko, así como a Juan Vargas-Duarte que supervisó el desarrollo de este proyecto. No solamente me atendieron cordialmente cuando estuve impartiendo clases en la Universidad Metropolitana en Santiago de Chile, sino que además se ofrecieron voluntarios para producir esta cuidada y pulida traducción.

Varias universidades y otras instituciones me han proporcionado un estrado desde el cual he podido explorar estas ideas: en las Estados Unidos las universidades de Chicago, Colorado, Iowa, Kansas, y Virginia, la Universidad de Yale, y el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cornell en el Hospital de Nueva York; en otros países, las Universidades de Copenhagen, Delhi, Düsseldorf, Freiburg, Hokkaido, Roma, y Würzburg, la Universidad Baharas Hindú, la Universidad Libre de Berlin, la Academia Húngara de las Ciencias, la Clínica Tavistock de Londres y la Sigmund Freud Gessellschaft de Viena. Estoy en deuda con mi auditorio por su paciencia y su buena disposición para intercambiar ideas y estoy agradecido de mis anfitriones por su hospitalidad que fluctuó desde una grata convivencia después de una conferencia en un Beisel en un antiquísimo barrio de Viena, hasta un paseo en una motocicleta de alquiler haciendo huir cerdos y pollos, mientras Jane y yo nos balanceábamos a través de las calles de la ciudad más antigua del mundo. Es, por supuesto, a ella, mi editor primero y de siempre, a quien le estoy más antigua y más profundamente agradecido.

Norman N. Holland